Querido diario,

Por estos días ando con una melancolía que no me aguanta ni Dios. Es que aquí, confinada a mi piso de 50 metros cuadrados en pleno Madrid, estoy sola con mi alma, más sola que Pedro Sánchez en el día del amigo, y me entran las ganas de desenterrar a mi difunto esposo de la Almudena y sentarlo aquí conmigo en el sofá, tieso y todo como debe estar.

Ya sabes, tío, un poco de cariño, algo de calor humano… vale, lo sé, que muy calentito no debe estar el pobre Alberto, más bien todo lo contrario… Pero al menos es un ser humano, o algo parecido. Y yo ya ni me acuerdo de la última vez que me fui de jarana a por un quiqui reparador.

Y se me ha dado por pensar… ¿por qué algunos tanto, y otros tan poco? Fíjate si no lo que ha ocurrido en Brasil. Resulta ser que, gracias a la covid-19 (que también trae cosas buenas, o algo así, vamos) una mujer descubrió que su marido, con quien estaba casada hacía 20 años, tenía una amante.

De película, tío, te lo juro. Sucedió en Campo Grande. La señora estaba trabajando, como todos los días, cuando su esposo la llamó para avisarle que era covid positivo, y que iría al médico, pero que no era necesario que ella se ausentara del curro para acompañarlo.

Lo sabido, claro. La devota esposa abandonó todo y se fue cagando leches para el hospital. Menuda sorpresa se llevó cuando, al llegar a la clínica, los médicos le informaron que el cuadro del hombre se había agravado, que debía ser intubado, y que estaba muy bien acompañado por su novia. “¿Su qué?”, habrá pensado la pobre tía. Yo, en su lugar, en ese momento ya estaría fuera de mí, montando un pollo que ni te imaginas. Mira, que mi fiel marido sigue bien muerto y ya me estoy saliendo de la vaina aquí sentada, como si el brasileño me hubiese engañado a mí.  

El caso es que la cornuda aguardó pacientemente en la sala de espera, sin saber que su malestar iba a escalar a niveles insospechados. Es que cuando la puerta de la terapia se abrió, y la flamante “novia” de su marido se hizo presente, descubrió que no era otra que una cercana amiga de la pareja. Puñal directo al corazón, digo yo, que de esa no te olvidas ni con mil polvos.

AMANTES DEL COVID-19
Foto ilustrativa / Crédito: Reuters

Pero, aunque no lo creas, la cosa se pone peor. El marido, al enterarse de que se había destapado la olla, y consciente de que iba a ser intubado y debía dejar la casa en orden, solicitó hablar con su esposa. «A partir de hoy, ella se encarga de mis cosas. Puedes irte, y ten cuidado en tu vida», le disparó el desgraciado. No, si mejor le abres el pecho con un bisturí y le metes tú mismito el dedo en la llaga, cabrón. ¿Es que no tiene compasión el tío este? ¿Será una secuela de la covid?

Increíblemente, no hubo jaleo, y la doña decidió, mente fría si las hay, acudir a la comisaría local y denunciar ante los polis la situación. El caso quedó caratulado como “preservación de derechos”, por la infidelidad y porque la amante del tío se quedó con sus documentos, tarjetas de crédito y teléfono celular.

Ahora, digo yo, ¿es que esa mujer no tiene sangre? ¿No pensó ni por un segundo en coger de los huevos al marido y jurarle que su vida sería un infierno de ahí en más? ¿Soy yo sola o es LO QUE HAY QUE HACER en esos casos?

Espero al menos que la cuenta del hospital llegue a manos de la querida, no vaya a ser cosa que la mujer tenga que encima hacerse cargo de los gastos del lastre del marido.

Yo sé que la venganza es un plato que se come frío, y que para vencer hay que pensar, pero a mí no me sale, cari, no me sale. Que si yo me llego a enterar de que Beto me ha puesto los cuernos alguna vez, lo desentierro, lo remato y lo vuelvo a enterrar. Pero tal vez, entre medio de todo eso, me le acurruco un poco, que la carne es débil, y la saudade pandémica me tiene a mal traer.

¡Hasta mañana, querido diario! Que descanse. Te quiero, Maggie