Querido diario,

Sí, ya lo sé, te tengo más abandonado que a Pablo Iglesias en la política madrileña. ¿Has visto que el tío ha tirado la toalla? Sí, es el no va más, lo ha jurado, deja todo. Ahora se dejará el pelo largo, le crecerá la barba, dejará de bañarse, caminará desprolijo por la vida… Ah, no, espera…

En fin, te decía, te tengo olvidado. Es que la vida aquí no es fácil. Mi piso no se limpia solo, mi hija se ha contagiado de covid y ni siquiera puede traerme las compras… sí, ella está bien, tú tranquilo. Pero bueno, he estado liada y te me has quedado perdido debajo de algún periódico.

Hablando de periódicos, en mis ratos libres no he hecho otra cosa que leer. Ya sabes, me gusta mantenerme informada, y a mi edad la lectura le hace bien al cerebro, que ya empieza a achicharrarse y es necesario ejercitarlo para mantenerlo fresco. La cosa es que estaba ayer visitando algunos portales, cuando me he topado con un calamar gigante. Que no, que no uno de verdad, te imaginas el yuyu que me pegaría. Una estatua, tío, del tamaño de la soberbia de Pedro Sánchez.

Y tú te preguntarás qué tiene eso de malo. Pues que el molusco fue construido con plata que estaba destinada a la batalla contra la covid, por supuesto. ¿Es que no te enteras? Este mundo se empeña a diario en hacer todo mal.

Imagínate:

Gobierno de Japón: “Hola, ciudad japonesa de Noto. En este solemne acto, le hacemos entrega de 170 mil euros para ayudaros a combatir los efectos de esta pandemia tan cruel que estamos transitando”

Ciudad de Noto: “Genial, tío, justo lo que precisábamos. ¡Vamos a construir un calamar gigante!”

Sí, de verdad, es la mejor idea que han tenido en años, me cago en la puta.

Las autoridades de Noto justificaron el gasto asegurando que la estatua (que terminó costando 205 mil euros, así que vete tú a saber si el resto del dinero ha salido de las cajas jubilatorias, o de las reservas del Estado, o qué) será un gran atractivo turístico, y que a la larga se llenarán de oro por los turistas que la visitarán. Sí, tío, seguro. Justo me has pillado entrando en Iberia para ver si me alcanzaban los duros que tengo guardados para hacerme un viajecito a sacarme una estatua entre los tentáculos del pulpo ese.

Ahora, si lo hiciera, si realmente decidiese tomar ese vuelo para saludar personalmente a semejante escultura, ya tengo elegida la canción que sí o sí debería sonar en mis auriculares, te diría, durante todo el camino a Noto.

No, no es la última del k-pop, que yo a esos niñatos no los entiendo. Tampoco es alguna de Camilo, que está tan de moda por aquí y aún no me explico que le ven a un tío que te ofrece ponerte abanicos porque no le alcanza para pagarte un aire acondicionado.

No, señor. La canción que me gustaría escuchar una y otra vez es una que creó un sacerdote costarricense para sus fieles. Que no, no me he vuelto religiosa de la noche a la mañana. Pero es que es pegadiza, te juro. Ha reversionado el clásico “Sopa de Caracol” (sí, esa que cantamos sin saber qué dice, e inventamos las palabras que nos parece que encajan a la perfección).

Tú escúchala, y luego me dices qué tal.

El hit del verano

¿Has visto? Es oro puro. “Sin la mascarilla, hay covid pa’ti, hay covid pa’mí; no te la vayas a quitar, porque sino… ¡sube, sube!”. Este es el tema del verano, te lo digo yo. Joder, si se lo propone, en dos meses entra en el Billboard.

Y mira tú qué manera más simpática de amenazar a sus seguidores: “Te tienes que cuidar, te tienes que apartar, sino al hospital vas a ir a parar; y si te descuidas, te hago el funeral”. Talentoso y con sentido del humor. Que si no fuese sacerdote, le estaría haciendo un match en Tinder y a ver qué pasa.

¡Hasta mañana, querido diario! Que descanses. Te quiere, Maggie