Lo acontecido años atrás con Antonio Anglés y el famoso crimen de Alcàsser, es un claro ejemplo de la manipulación informativa que sufrimos en España.

Antonio Anglés

He sido reportero de los de antes, de cuando aún el Periodismo que se conoció desde mediados del XIX hasta finales del XX no estaba muerto. Del Periodismo de verdad. No esto que hay ahora, que aún no puedo valorar, porque incluso los profesionales andan, andamos, despistados sobre lo que es. Aunque tengo mi propia visión particular de la gran basura en que se ha convertido y sé que no tiene ya que ver con aquel. Creo que toda esta debacle del ya viejo periodismo viene causada por dos hechos indubitados: la revolución digital y la proliferación de televisiones privadas.

Me especialicé, porque siempre me fue la droga dura, en Sucesos, ese género periodístico informativo que era y que ya no existe como tal. También estuve en alguna guerra, por eso, por lo de la droga dura, sé de lo que hablo cuando hablo de lo de informar.

Casi me da vergüenza hasta decirlo, por lo evidente: había una norma básica en aquel periodismo que hacíamos, que se llamaba contrastar. Vergüenza porque hace ya tiempo que observo con horror divertido que hoy día es difícil que los profesionales lo pongan en práctica. Quizá, me digo, es por las prisas con que ahora funciona la información en la RED y el amor a la Exclusiva, concepto corrompido y desacreditado en la actualidad. En la práctica, es fácil de comprobar esta alegación. De tanto en tanto, según el interés informativo de alguna noticia, algún canal de televisión nos bombardea con que tienen la exclusiva de la cosa. Pero con un poco de paciencia, si va saltando de canal en canal, llegará a descubrir con estupor que la mayoría de ellos emiten justo la misma Exclusiva. Cuando digo la misma, es eso, la misma. Todos lo canales le han comprado a bajo precio a alguna productora el hecho acontecido. Todo esto ya sería grave, y risible, en mi opinión, despreciable en el fondo, porque supone una estafa al receptor de la noticia, al que considera estúpido. Pero lo más terrible es que la audiencia se traga ese engaño, demostrando tener una nula capacidad crítica y muy mucho de estulticia básica.

En aquel tiempo en que hacíamos Periodismo de antes de finales de siglo pasado, una exclusiva era otra cosa. También me da vergüenza tener que recordarlo. Una exclusiva era aquella noticia que tan sólo un medio había conseguido.

Bien, como he sido periodista de sucesos que reportajeaba las noticias al uso de cuando el Periodismo aún lo era, hablaré de todo esto trayendo a colación y ejemplo uno de los casos más brutales, desde el punto de vista de las audiencias y la atención pública, y no me refiero a la brutalidad de crimen en sí mismo, que no fue para nosotros sino un crimen más de los casi mil que hicimos y que pone de manifiesto el cómo se puede manipular una noticia y ofrecerla a las crédulas masas.

En mi libro Memorias de un reportero indecente, ya a punto de lucir en los estantes de las librerías, expliqué el cómo y el porqué de este fenómeno del crimen de Alcàsser se convirtió en un espectáculo extra, algo que un suceso jamás debe ser porque ya lo es en sí mismo. Recordarán ustedes que el de Alcàsser fue el crimen cometido contra las personas de tres jovencitas valencianas a manos de Antonio Anglés y Miguel Ricart, que las violaron de la forma más brutal para luego asesinarlas de un tiro en la nuca y enterrarlas en un paraje campestre y de difícil acceso, a comienzos de los años noventa del pasado siglo.

Les hago un adelanto de lo que está publicado en él.

Las ocho patas del pulpo de la manipulación del tema de Alcàsser y Antonio Anglés

1.Fernando García, un padre peculiar

Jamás nos hemos encontrado padre de una muerta (de manera violen­ta) tan peculiar como Fernando García. Durante los setenta y cinco días que las niñas estuvieron desaparecidas realizó todo tipo de acciones encaminadas a que los medios no se olvidaran de él. Pero los medios son crueles. Están al tanto de algo hasta que las audiencias empiezan a bajar. Entonces no tienen piedad de nada ni de nadie. En este contexto de ansias de popularidad, más pronto que tarde, Fernando García dejó caer la duda: a su hija no la podían haber matado esos dos chorizos de Anglés y Ricart. A partir de ese momento se postuló como investigador (alternativo a la guardia civil) para resolver un caso que ya de por sí estaba resuelto. Pero de ahí no pasaba. Sinceramente, cuando tanto Montoro como yo nos enteramos de que Fernando García se había ido a Londres con una amiguita de su hija nos dijimos: “¿Qué tío más raro, no?”.

2. Juan Ignacio Blanco, el charlatán de feria.

Cuando apareció en escena Juan Ignacio Blanco ya empezamos a pre­ocuparnos. A este ya lo habíamos conocido cuando éramos reporteros de El Caso. Era un tipo muy peculiar, que solía imprimir a sus historias toda la truculencia y espectacularidad posible, como si al suceso hubie­se que añadirle más ingredientes. Gustaba también de hacer reportajes de asuntos milagreros en torno a vírgenes y santos. En la redacción era conocido por el sobrenombre de El Chota —un chota es un chivato carcelario— y siempre llevaba un misal guardado en el bolsillo de la chaqueta (pasada de moda) que vestía. Además, era ultracatólico, bas­tante pegado a la extrema derecha española y dado a beber en demasía; de hecho, ya por entonces le temblaban las manos. Tras ser despedido de El Caso, donde nunca fue director, como él gustaba de decir, se buscó la vida como pudo haciendo pequeñas co­laboraciones en algunas emisoras de radio. Así, cuando se hallaron los cuerpos de las niñas estaba intentando meter cabeza, sin mucho éxito, en el programa Esta noche cruzamos el Mississippi de Pepe Navarro. Entonces le llamó poderosamente la atención los intentos de Fernando García por conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y se postuló para ser él el investigador que le ayudase en tal empeño. Para ello propuso a la producción de Telecinco que le pagase su estancia en Valencia durante meses, mientras llevaba a cabo dicha investigación.

La producción del Mississippi le contestó que de eso nada monada, que si quería largarse a Valencia era libre de hacerlo, pero pagándoselo de su bolsillo, ya que no tenía ninguna vinculación contractual con ellos. Entonces Juan Ignacio Blanco le contó esto a Fernando García, alegando que fíjese usted, no hay ningún interés en descubrir lo que realmente ha ocurrido. Fernando García acogió en su casa a Blanco, le dio de comer y una cama donde dormir. Era un buscavidas que comenzaba a urdir la más grande y truculenta mentira de su vida dentro de la historia del periodismo moderno, del que él siempre fue un advenedizo.

3. Las televisiones privadas y su enfoque hacia los sucesos.

Las televisiones privadas en España eran unas recién nacidas que competían de manera brutal por la audiencia entre ellas y también con la nacional y las autonómicas. Pronto se dieron cuenta de que las audiencias subían exponencialmente cuando introducían los sucesos en sus programaciones, como bien les había demostrado el propio caso Alcàsser durante los setenta y cinco días que las niñas estuvieron desaparecidas. Y un punto de audiencia en televisión suponía millones en contratos de publicidad por aquella época.

4. Esta noche cruzamos el Mississippi

En este contexto Juan Ignacio Blanco propuso llevar a Fernando García al programa en que pretendía meter la cabeza. La producción aceptó y ambos, Blanco y García, comenzaron a introducir dudas sobre la investigación llevada a cabo por la guardia civil. La audiencia de programas punteros como el Mississippi y otros ron­daban por aquella época en torno al veinte-veintiuno por ciento, lo que estaba realmente muy bien. Pero cuando Fernando García empezó a aparecer en el programa, las audiencias se dispararon hasta rondar el cuarenta por ciento. Hicieron repetir las apariciones de García y de Juan Ignacio Blanco, cuyo único mérito reconocible era que ejercía muy bien su función como charlatán de feria.

5. La manipulación de sumario de Alcàsser.

Enrique Belran

Un sumario judicial es el resumen de todas las actuaciones ordenadas por el juez para aclarar los hechos delictivos que, posteriormente, se han de juzgar. Esto incluye las diligencias ordenadas a los investigado­res de la policía judicial encaminadas a aportar piezas de convicción para esclarecer lo acontecido. En los casos de homicidios o muertes violentas están incluidos también los informes forenses pertinentes. Igualmente se incluyen las posteriores actuaciones que el juez deter­mine necesarias a raíz de las averiguaciones que la policía judicial o los peritos forenses hayan aportado. Toda esa documentación, una vez cerrada la fase final de estas actuaciones, se pasará al juzgado per­tinente para determinar si los hechos han de ser juzgados o no. En conclusión, un sumario contiene verdades y contraverdades, fotos, testimonios contradictorios de los diferentes testigos, informes po­liciales, forenses y periciales de todo tipo narrados con una literatura judicial muy profesional y ardua para los legos. Un sumario, caído en manos inapropiadas, puede ser manipulado fácilmente. A través del abogado contratado por Fernando García, este y Blanco se hicieron con una copia del sumario de Alcàsser al completo. Juan Ignacio comenzó a manipular el sumario sabiendo que era difícil que nadie le contradijese. Ni la justicia, ni la policía judicial daban impor­tancia a lo que se pudiese contar en el Mississippi.

Una de las manipulaciones tipo realizadas en el sumario se hizo en torno al hallazgo de los pelos encontrados durante las dos autopsias que se efectuaron a las niñas en dos días consecutivos: la primera por parte de seis peritos forenses llamados por el juez; y la segunda reali­zada por el médico forense Luis Frontela Cuentapelos Joe (que había sido contratado por Fernando García), en compañía de tres de los peritos llamados por el juez. Frontela encontró un total de catorce pelos (in­cluyendo los de Ricart) en la moqueta utilizada por los agresores a la hora de envolver el cuerpo de las niñas para enterrarlas.

Si al mediático y ya anciano forense Luis Frontela le he dado el sobrenombre de Cuentapelos Joe lo es porque dio a entender pública­mente que los catorce pelos que encontró sobre los cuerpos de las niñas (y en la moqueta en que fueron envueltas para ser enterradas) podrían pertenecer a otros autores del crimen. Y se quedó tan a gusto… Especialmente tan al gusto de Fernando García, a quien contó lo que quería oír, para eso le pagaba.

Miquel Ricart

Y pongo un ejemplo muy sencillo de primero de criminología: ima­gine que visita a un amigo en su casa; que entra al cuarto de baño a hacer un pis; que se lava usted las manos y luego se las seca en una sucia toalla junto al lavabo; que luego acepta un whisky al que le ha invitado y luego, para rematar la tarde, se va usted al cine. Imagine que cinco minutos después entra en la vivienda de su amigo otro amigo suyo al que le lleva debiendo dinero desde hace cinco años y que lo asesina con un cuchillo de la cocina que después se lleva. Al día siguiente la policía hace indagaciones y se entera por sus mensajes de Whatsapp de que usted fue invitado por el finado el día anterior y que posiblemente sea el último que lo vio con vida. La policía toma muestras en toda la casa y encuentra catorce pelos en la sucia toalla de su amigo. Sí. La policía le ha tomado muestras de ADN a usted y determina que en la toalla hay uno suyo. Entonces llega Frontela Cuentapelos Joe, y le acusa a usted de haber cometido el crimen, cuando ninguno de los catorce pelos que encontró sobre la toalla pertenece al verdadero asesino. ¿Que haya un pelo en el lugar del crimen quiere decir que pertenece necesariamente al asesino? ¿Y que se encuentren catorce pelos significa que hay catorce asesinos? ¿O nueve, o siete? ¿O que uno de los asesinos tenía que ser un hombre mayor porque se encontró un pelo canoso? La justicia sabe que una muestra tan contaminada como lo fue la moqueta en que se envolvieron los cuerpos de las niñas es inasumible sin que haya más detenidos con los que comparar. ¿Y se va a detener a todo un pueblo de once mil habitantes para tomarles muestras de ADN? ¿Y si demuestra que catorce de esos pelos estaban en la moqueta, significa necesaria­mente que los catorce cometieron el crimen? La confesión de Miguel Ricart ya había demostrado de manera indubitada que el crimen fue cometido tan sólo por él y Antonio Anglés.

Ahora trasladen ustedes este sencillo caso a la moqueta con que fueron envueltas las niñas. Los Anglés habían llevado esa moqueta a la caseta de la Romana, un lugar en que solían pernoctar pastores, drogadictos, gentes de mal vivir, parejas de novios sin posibles para un hotel, incluso un pastor vejete que pasó por allí a masturbarse tran­quilamente por no zumbarse a una de sus cabras y que dejó caer un pelo canoso sobre la moqueta. Y entonces, en base a eso, el mediático

Forense determina que al menos nueve personas participaron en el crimen.

Este tipo de manipulaciones, como otra por la que se decía que la guardia civil perdió la moqueta, cuando estaba en posesión de Frontela —de hecho, se tuvo que solicitar con un auto judicial que la devolviese— se contaron en el programa de Esta noche cruzamos el Mississippi, haciendo crecer de manera exponencial las audiencias y los miles de crédulos morbosos insatisfechos con la versión oficial y real, que era que a tres niñas las hubiesen violado y asesinado dos desalmados. En el fondo, todos sabemos que basta repetir una mentira de manera reiterada para que la sociedad comience a pensar que es una verdad. La televisión tiene una gran responsabilidad en el mantenimiento de estas mentiras.

6. El clan de la Moraleja

Una de las grandes mentiras urdidas por Juan Ignacio Blanco y Fernando García en el Mississippi, y que prendió rápidamente en el imaginario po­pular (populachero más bien) fue asegurar que a las niñas no podían haberlas matado dos zarrapastrosos como Antonio Anglés y Miguel Ricart y que la guardia civil no había hecho bien la investigación. Así que un buen día de enero de 1997, con el programa Esta Noche Cruzamos el Mississippi reventando todas las audiencias de cualquier otra televisión nacional, regional o local, Blanco soltó que el crimen de Alcàsser no fue cometido por Anglés y Ricart, sino que éstos fueron unos cabe­zas de turco utilizados para secuestrar a las niñas y luego ponerlas a disposición de lo que él llamó El Clan de la Moraleja, con el único fin de grabar videos picantes (snuff) de las muertes de las chiquillas, mientras las violaban y mataban ellos mismos. ¿Y quiénes eran los componentes del llamado Clan de la Moraleja? Evidentemente, gente muy importante. A instancias de Pepe Navarro, Juan Ignacio Blanco dio la lista de nombres mientras la camisa no le llegaba al cuello… Saltaron a la pa­lestra los nombres de Alfonso Calvé, exgobernador civil de Alicante, José Luis Bermúdez de Castro, productor de cine, y de Luis Solana, expresidente de Telefónica. Y todo ello sin aportar prueba alguna.

La bomba estalló de inmediato. Juan Ignacio Blanco disfrutaba re­bozándose en el fango como, bueno, imagínense… Fernando García se rebozaba con él en el mismo barrizal. Y Pepe Navarro también se arrojó al baño de barro pensando en los índices de audiencia del día siguiente.

Mi compañero de Interviú Luis Miguel Montero Y Pedro Arnuero, escribieron en la edición del 12 de mayo de 1997 un reportaje titulado ‘Las mentiras del crimen de Alcàsser’. A principios de julio de 2019 Luis Miguel Montero publicaba en El cierre digital, una extensión de ese reportaje titulado “Así se fabricó la teoría de la conspiración sobre el Clan de la Moraleja en el caso Alcàsser”. Ambos trabajos cuentan minu­ciosamente cómo el origen de esta teoría de la conspiración nació de una venganza entre empresarios despechados los unos contra los otros, y que Juan Ignacio Blanco utilizó en sus demenciales tesis. Otro nuevo personaje, el empresario José Moisés Domínguez, dueño de la socie­dad Club Plaza Mayor, entró entonces en escena, asegurando ser socio del en­tonces comisario Alberto Elías, responsable de la Brigada de Interior y luego de Estupefacientes. Domínguez aseguraba que todo lo que sabía se lo había contado el comisario Elías. Aquí empezó a tejerse la tela de araña de la conspiración sobre Calvé y Bermúdez de Castro que acabaría siendo “desvelada” en el citado programa de te­levisión por Juan Ignacio Blanco, convertido en mero instrumento de una venganza. José Moisés Domínguez fue quien de verdad movió todos los hilos de esta teoría conspirativa, la hicieron suya Fernando García y Juan Ignacio Blanco, sin aportar ningún tipo de pruebas, como los periodistas de aquella época pueden confirmar. Blanco terminó contando que el video snuff se lo había pasado en con­fesión un fulano al párroco de la parroquia de Alcàsser y que, después, el párroco se lo había dado a él; que en el video se distinguía a esa gente importante ejerciendo violencia sexual sobre las niñas; que no podía hacerlo público porque peligraría su vida; que, en su momento, se lo había entregado al ministro del Interior. Evidentemente, según Blanco nuevamente, dicho ministro no hizo nada porque también debía estar implicado… De haber sido así la cosa, aquello demostraba claramen­te que Juan Ignacio Blanco mentía. A un periodista de verdad jamás se le habría escapado hacer copia de esas cintas. Luego las cintas no existían, ni existen.

7. El error de las autoridades carcelarias por dejar a Ricart ver la televi­sión y leer la prensa en prisión.

Si hay algún error oficial en este caso lo es el hecho de que Ricart (cuyas tres primeras declaraciones son las esenciales para juzgar el caso) tu­viese acceso a la información que, fundamentalmente, se emitía desde El Mississippi. De ese modo Miguel Ricart, un delincuente con amplio historial y un gran profesional del engaño y la simulación, tuvo acceso a datos y pesquisas que le ponían a él y a Antonio Anglés como unos cabezas de turco, cosa que le permitió hacer posteriores declaraciones al fiscal y a la guardia civil del todo increíbles y en absoluto fiables. Fue por entonces cuando también escribió una carta a Neusa, la madre de Antonio Anglés, para intentar chantajearla “con lo que ya sabes” si no le ingresaba cierta cantidad de dinero. Aquella se negó en redondo y de aquella negación Ricart declaró al fiscal que Mauricio también estuvo presente la noche del crimen.

Ricart cambió totalmente su versión de lo sucedido la noche de autos con respeto a las tres primeras declaraciones que hizo ante la policía judicial de la guardia civil y ante el fiscal. En las primeras hizo una pormenorizada relación de los hechos, repito, contando datos que tan sólo él podía saber y que habían sido confirmados ya por los investigadores. En subsiguientes declaraciones pretendía aparecer y hacer aparecer a Antonio Anglés como a unos auténticos cabezas de turco, es decir, repetía las teorías de Fernando García y Juan Ignacio Blanco.

8. Las redes sociales, clubs de frikis, falsos criminólogos y falsos periodistas.

Las redes sociales, la web o la democratización de la información han sido otros de los fenómenos que han convertido al crimen de Alcàsser en uno de los más mediáticos de la historia criminal de España sin, como digo al principio, no ser más que un vulgar y cruel asesinato ejecutado por dos delincuentes sexuales con muy mala sangre.