Por Carlos Matías

El 12 de febrero de 1949 nacía en Úbeda, Jaén, Joaquín Ramón Martínez Sabina, un niño del que apenas se nada más de lo que dicen la prensa y Wikipedia. Pero con quien, sin embargo, viví una anécdota y sobre quien me apetece escribir hoy, en su cumpleaños, porque en cierta manera siempre le he admirado en la distancia.

Sabina

Presumo que aquel bebé jienense llegado al mundo tal día como hoy hace 72 años estaba predestinado a vivir siempre “a la contra”, de extremo a extremo. Quizás –sigo suponiendo–, por esto llegaría a saltar a la fama, tomando su primer nombre de pila, Joaquín, y su segundo apellido, el materno, Sabina¸ para gloriar la figura de su madre, doña Adela, ama de casa, sin que nada me haga sospechar que no quisiera verse relacionado con su padre, don Jerónimo Martínez Gallego, aunque fuera inspector de la “poli” de Franco.

El chico apuntaba maneras. Estudió Primaria con las monjas carmelitas y el Bachillerato con los curas salesianos. Leyó a Fray Luis de León y a Jorge Manrique. Por tanto, era casi irremediable que el chaval acabase siendo un “pelín ácrata” y otro “pelín anticlerical”, tan callando… Y pensando, a la contra del poeta Manrique, que “cualquier tiempo futuro debería ser mejor”.

En su desacuerdo con don Jorge, el ilustre hijo de la Casa Manrique de Lara, Joaquín Sabina no se resignó a quedarse “contemplando cómo se pasa la vida”, sino que decidió devorarla.

Al acabar los estudios, el padre del joven Joaquín quiso regalarle un reloj. Pero él prefirió una guitarra. Todo lo contrario que su hermano mayor, que escogió el reloj y siguió los pasos del progenitor en la Policía, mientras que nuestro Joaquín –porque siempre tendrá algo de “nuestro”, aunque sea “muy suyo”–, Joaquín Sabina le llaman/llamamos, se dio a la mala/buena vida de bohemio, poeta y cantante. Y no necesariamente en este orden. Él, que siempre ha tenido ese aire tan desordenado.

Desconozco por completo si la canción de “y nos dieron las diez, y las once, las doce, la una, las dos y las tres…” se la inspiró su primera novia, cuyo padre era notario. “Gente de orden”, supongo, de “ordeno y mando” (del Régimen). El notario debió de ver en Joaquín a un “rojo”; “poca cosa” para su querida hija, a la que se llevó a Granollers para alejarla de él. Pero Joaquín, tan nuestro, tan suyo, la siguió. Y quizás Granollers fuera, entonces, el “pueblo con mar” de la canción.

Joaquín vivía a la contra y nada tenía que ver con el “Espíritu del Doce de Febrero” que Carlos Arias Navarro se sacó de la manga en forma de Ley de las Asociaciones Políticas, para para dar apariencia de “apertura” a lo que no era más que un intento desesperado de prolongar la dictadura más allá del dictador, que ya flaqueaba. Sí, el “Doce de Febrero”, día de su cumpleaños y la fecha más lejana de sus sentimientos. Joaquín se exilió en Londres.

Todo lo que escribo son suposiciones, pues sólo puedo presumir de “sabio” al reconocer lo mucho que ignoro. Y lo desconozco casi todo de Sabina, salvo que canta.

Por desconocer, hasta le desconocí a él mismo cuando le tuve ante mis narices. Joaquín Sabina y Javier Krahe salieron del sótano del café madrileño de La Mandrágora, donde actuaban con Alberto Pérez, allá por los años ochenta, y dieron un concierto en el Pabellón Deportivo Municipal recién inaugurado de Murcia.

Por aquel entonces, yo empezaba mi rodaje como “intrépido reportero” en el diario regional “La Verdad”, sin suficiente cultura musical. Me gustaban los discos de Sabina y Krahe, sí, y con sus canciones viví uno de mis primeros grandes amores, como Joaquín con la reina de club de copas de aquel pueblo con mar, quizás Granollers. Y, al compás del tres por cuatro, también se me rompió el corazón por vez primera en aquella Murcia de mi alma. Después habría más. Más amores y más rupturas.

El caso es que el redactor jefe del periódico tuvo una ocurrencia diez minutos antes de empezar aquel concierto, que empezaba a las diez de la noche. Otra vez daban las diez, como en la canción.

“Oye, Carlos”, me dijo, “tú que ya has acabado tu jornada, ¿por qué no te acercas por el pabellón e intentas entrevistar a Sabina y Krahe?” Y yo allí con mi blog “como un gilipo-llas madre / y yo allí con mi blog como un gilipo-o-o-o-llas…” (otra canción, ésta de Krahe), que cogí un taxi y allá que fui.

Las gradas del Pabellón ya estaban llenas de público joven y bullicioso, expectante. Los guardas de la entrada me dejaron pasar porque era “el periodista de La Verdad”. Y entré. Y vi a dos tíos al pie del escenario, que revisaban el estado de los altavoces y unos cables. “Preguntaré a esos técnicos”, pensé. “Oye”, les dije, “¿podéis decirme dónde puedo encontrar a Sabina y a Krahe para hacerles una breve entrevista antes de que empiecen su actuación? Cosa de nada: cinco minutos sólo y les dejo”.

Aquellos dos tipos se miraron incrédulos. Deduje que lo tenía muy crudo si pretendía entrevistar a los cantantes, justo antes de salir al escenario. “Tira por allí, hacia los camerinos”, me respondieron. “No tiene pérdida. En cuanto los veas los reconocerás”.

Y allá que fui, pero ya no había nadie. Otro “guarda” del espectáculo se molestó al verme merodeando por allí, “colándome” entre bambalinas. Tenía cara este “gorila” de que mi carnet de periodista no le iba a impresionar, así que opté por irme por las buenas, antes que por las malas.

A la mañana siguiente, le dije a mi redactor jefe que no había entrevista. No la hubo para ningún periódico ni radio. Sin embargo, toda la prensa sí que publicaba una reseña de la actuación con una foto. Al verla, descubrí horrorizado que aquellos dos técnicos eran ellos, los mismísimos Sabina y Krahe en persona. Los mismísimos que aparecían en todos los carteles que habían estado empapelando las calles de Murcia las dos semanas anteriores, para anunciar su actuación en la ciudad. Los mismísimos…

“Y yo allí con mi blog como un gilipo-llas madre/ y yo allí ante la foto como un gilipo-o-o-o-llas”…

Aún no había salido del pasmo cuando recibí una llamada telefónica en la redacción. Era el concejal de Cultura de Murcia, para decirme que Sabina le había pedido después del concierto que le disculpara ante “un periodista despistado” que le había estado buscando. Pero que con el tiempo tan justo antes de subirse al escenario no era momento de entrevistas, y que otra vez sería. Sabina cumple hoy 72 años, pero fiel a su trayectoria, viviendo a contracorriente, de extremo a extremo, y de estreno a estreno, consigue que las cifras de su edad se inviertan. Por eso, Joaquín Sabina cumple hoy, como cada 12 de febrero, 27 años de su vida inversa. Siempre joven. Siempre a la contra.