Con cuatro niños y trabajando una media de diez horas, me doy con un canto en los dientes el día que no ha explotado la cocina o no hemos acabado en urgencias porque a Martín (3 años) le ha parecido buena idea darse una manita de pinta uñas permanente en sus huevitos. No es una manera de hablar, lo hizo. Tuvo los huevos de color azul casi una semana.

Un dia de locos

Y hay días, como hoy, que ya empiezan prometiendo el infierno.  La más peque, Mía (1 año) ha dado una noche zamorana por lo que he dormido dos horas.  Y claro, no he oído el despertador. Y si yo me duermo, se duermen todos. Me he despertado sobresaltada, miro el tlf y… ¡las ocho y cuarto!Mi cabeza se ha puesto a calcular las probabilidades reales de llegar a tiempo al colegio. Pocas. Muy pocas.  25 minutos para que cuatro niños de 12, 7, 3 y 1 años parezcan humanitos respetables y no zombies despeluchados. Y que desayunen. Y que lleven el bocata de media mañana. Y que se peinen. Y que no se dejen la agenda, ni la libreta de las tareas. Y vestirles. Y no nos olvidemos el equipo que hoy Chloé tiene ballet. Y Aleix tiene que llevar el mural de los Continentes. Y Martín decide echarse el batido por encima de la ropa que le acabo de poner. Y miro el reloj. Y son menos cuarto. Y grito. Y ya sé que no debo pero todo tiene un límite.

Mi costillo, que estaba en la cocina preparando los bocatas, aparece salvador.

– Tranquila, cariño, sube a vestirte tú que ya me encargo yo de cambiar a Martín.

Y subo a vestirme. Pero tranquila lo que se dice tranquila, pues no. Que mi costi tiene cosas buenas, pero es daltónico perdido y cuando viste a los niños acaban los pobres como el payaso de micolor. Pero no hay tiempo y decido jugármela. ¡Viva el arco iris!

Recuerdo que tengo una reunión a las 10 con unos clientes y escojo mi pantalón favorito y una blusa a conjunto. La blusa tiene un manchurrón en toda la pechera. Cambio de planes: vestido de cuadros que me lo pongo en un santiamén. Ni siquiera me he puesto los zapatos cuando la voz de mi marido surca el aire hasta nuestro dormitorio.

– ¡Baja que ya me voy, que son las mil!

Vuelo por las escaleras zapatos en mano; dejar a mis hijos solos más de cinco segundos es peligroso, el big bang empezó con algo menos de energía. Gracias a dios ya ha llegado la canguro de la pequeña.

– ¿Hago algo?

– Tranquila lo tengo todo controlado

Me mira con bastante escepticismo.

– Mochilas, la bolsa de ballet, ¿lleváis los bocatas y la fruta?, ¡venga, las chaquetas, que no llegamos!

De alguna forma logro subirlos al coche y de alguna milagrosa manera no llegan tarde al cole. Aleix y Chloé se bajan del coche y me meto para desabrochar a Martín de su sillita. Va estupendo con un calcetín de cada color. Es lo que hay. Les doy un beso a los mayores que corren hacia la puerta, bajo a Martín y cojo su mochila.

– Matín tene caca.

Siempre habla de él en tercera persona.

– Pues vamos a ir hasta tu clase muy muy rápido y se lo decimos a tu profe, ¿vale?

Intento sonreírle pero se me queda un rictus de loca en la cara mientras, niño en brazos, corro hacia la puerta del colegio.

– Matín tene caca, mami.

– Lo sé, mi amor, aguanta que ya llegamos – le contesto mientras entro con él en brazos, sofocada y notando como el bolso se me va resbalando. Se me enreda entre las piernas. Hago malabarismos para no caerme. Aparece el conserje de la nada y le doy al niño a tiempo antes de espanzurrarme por el suelo.

– Estoy bien, estoy bien.

– ¿Su hijo hoy tiene extraescolares?

– No. Mi hijo hoy tiene caca.

– Matín tene caca.

A mi hijo le digo que pase un buen día y que se coma la fruta (siempre intenta escaquearse) y al conserje:

– O corre o se le caga encima.Y el conserje corre, vamos si corre.

Me coloco bien el bolso y me dirijo al coche. Tengo una hora para cruzar toda la ciudad y llegar a tiempo a mi reunión, que es en una cafetería del centro. ¿Y que hago todo el camino? ¿Prepararme mentalmente la reunión? ¿Ensayar mi estrategia comercial? ¿Valorar pros y contras del contrato que vamos a firmar? ¡Pues claro que no! Mi mente está más ocupada pensando en cómo voy a llegar para recogerlos a la hora, qué voy a hacer de comer (¿queda pollo en la nevera?) porque anoche no me dio tiempo de dejar la comida hecha para hoy… ¡No puedo desconectar!

No son ni las diez de la mañana y ya estoy más que agotada. Menos mal que el cliente es puntual. Me pido un café bien cargado a ver si se me activan las neuronas que se me han atascado entre pechugas rebozadas y zapatillas de ballet. Mi cliente se pide un sandwich mixto a la plancha y en cuanto nos sirven empieza la reunión.

El café me está sentando bien y me centro en el tema del contrato. Logro defender el punto que más me preocupaba con maestría y él asiente. Mi cliente me mira con mucha atención y asiente a todos mis argumentos. ¡Le he dejado impresionado! Después de todo, no he perdido mis facultades.

– Entonces, ¿estamos de acuerdo en los cambios? -le pregunto son seguridad y aplomo.

– Por supuesto. Y muchas gracias.

¡Ja! Le meto un gol por toda la escuadra y me da las gracias. Me vengo arriba. Me siento la puta ama.

– Bueno, no tiene por qué dármelas. En realidad el contrato…

– No, si no lo digo por el contrato, lo digo por…

Y baja su mirada hacia el sandwich. Y yo también. Y veo mis manos: la derecha con un cuchillo, la izquierda con un tenedor, sobre el plato de mi cliente. Le había cortado el sandwich a cachitos mientras hablaba con él. Si me pongo más roja me contratan de semáforo.

No sé cómo consigo llegar al final del día con vida. Pero lo hago. Y cuando mi costillo y yo nos asomamos a ver a los niños dormiditos en sus camitas antes de acostarnos se respira una paz brutal.

– Vaya día de locos, eh gordita.

– Bah, un día de locos normal y corriente, cariño.