La noche de los Gasoles

Mucha gente, con motivo de la retirada de Pau Gasol, me está preguntando estos días cuál fue su mejor partido. La respuesta es que no hubo uno, sino muchos; y cada uno tendrá el suyo favorito que con toda seguridad esté asociado a algún momento emotivo personal que les una a ese partido. Y esto es lo que hace que elijas uno u otro. Yo tengo el mío. Ocurrió en Lille, el 17 de septiembre de 2015.

A mí el baloncesto, quien me conoce, sabe que me gusta mucho. Desde que era pequeño y veía los resúmenes (yo no me quedaba de madrugada) de los partidos de la NBA, con esos Lakers imponentes. Me enganché a los torneos de selección, fueran mundiales u olimpiadas, para mí era un disfrute ver un Puerto Rico- URSS. Luego me iba a jugar creyéndome Epi o Villacampa. Del Estudiantes supe un poco más tarde, cuando Russel se fue y llegó Winslow. Y ya, hasta hoy. Todos los veranos desde el 86 no me he perdido un campeonato de selecciones; son las competiciones que más me gustan, cortitas y con emoción. Ideales. He visto la evolución de la selección desde los 80 hasta nuestros días. Cuento todo esto para plasmar que el baloncesto lo llevo desde pequeño y las citas veraniegas son de obligado disfrute para mí.

La persona que más ha sufrido mi pasión televisiva por el baloncesto, ha sido mi madre. Yo, como no podía ser de otra manera, quería ver todos los partidos que ponían en la tele. Creo recordar que en esos primeros años de mi loca afición los echaban en La 2. Con narración de Ramón Trecet o Pedro Barthe, casi nada. El caso es que siempre me las ingeniaba para verlos. Mi madre aceptaba a regañadientes esperando a que acabara pronto. “¿Cuánto queda?” Dos minutos, le respondía yo. Al rato largo, “pero ¿cuánto queda?” 1 minuto, le decía. Y ella se desesperaba. ¿Cómo puede durar tanto un minuto en el baloncesto? Me preguntaba siempre con cierto hartazgo. Y yo se lo explicaba, pero debía ser que se le olvidaba al partido siguiente. Lo que más odiaba ella oír era “tiempo muerto”.

A ella no le gustaba mucho el baloncesto, pero sabía ver que a mí sí. Y por los hijos ya se sabe, lo que sea. Con el tiempo, ella misma me adelantaba que tal día jugaba el Estu o la selección. Y también que no se me ocurriera ir a casa a verlo. El día que me saqué el abono del Estudiantes, se puso muy contenta, porque, aunque ya no vivía en su casa, podría ir a verlo en directo y dejar la tele en paz. Sí, mi madre sabía lo que me gustaba el baloncesto, los campeonatos de selecciones y Pau Gasol.

Volviendo a este. Ese día, en Lille, se jugaba la semifinal del Europeo entre el equipo anfitrión, Francia, y España. Como antecedentes, el año anterior la selección española perdió en cuartos de final contra los franceses en Madrid, en el mundial que se celebró en España. Ese día, el 17 de septiembre, Gasol y los demás se querían vengar de aquella afrenta. Era un partido marcado con una x, para ellos, para la afición, para todos. Ese partido lo vieron hasta los futboleros. Todo el mundo quería estar en una casa, con la tele delante, tomando cervezas. O en el bar, con los amigos, tomando cervezas. Yo lo vi, pero de otra manera, no tan cotidiana y sin ambiente.

Llevábamos ya unos meses bastante organizados, pero al principio no fue así. Al principio fue horrible. Desde marzo de ese año no dejé de visitar el hospital con mucha frecuencia. Al principio todos los días, después, a los dos meses de empezar el calvario, día, sí, día no. Mi madre ingresó a principios de ese mes por una de sus rutinarias visitas al hospital debido a sus problemas pulmonares. En este tema no me voy a extender porque los problemas de salud que tenía mi madre en esas fechas dan para mucho. El caso es que la entrada al hospital, que se preveía corta, acabó extendiéndose porque contrajo allí el estafilococo aureus, un bicho que se te apega y no se va. Infección en mayúsculas. Resumiendo mucho, dos meses de UCI y luego a planta. Después de organizarnos la familia para encarar esto, las noches nos las turnábamos mi hermano y yo.

Y volvamos a esa noche, la del 17 de septiembre. Como todas las noches, yo llegaba al hospital, y antes de entrar a la habitación, me ponía una bata y unos guantes. Era obligado para evitar posibles contagios exteriores al paciente y mantener una higiene. Mi madre a esa hora ya estaba en la cama, recostada para hablar conmigo un rato antes de que apagaran la luz y le entrara el sueño. Lo de hablar, es un decir. Después de la traqueotomía era difícil. Tenía un aparatito que se enganchaba en la garganta que le ayudaba a proyectar la voz, aunque también desarrolló ese “poder” con la mano. Sea como fuere, intercalaba miradas, escucha y palabras propias cuando tenía algo que decir. Después del repaso obligado del día, de los médicos, de cómo estaba, de mi trabajo, le dije “Mamá, sabes que hoy juega España”. Y qué vas a hacer, me dijo. “Poner la tele”.  La tele, en realidad, estaba casi siempre puesta. Salvo por las mañanas, el resto del tiempo estaba encendida, siempre en busca de buenas noticias y concursos que hicieran el tiempo más entretenido. “Pon el partido, pero bajito”.

La primera canasta del partido, sí, la metió Pau Gasol. El partido prometía. 27000 franceses animaban en directo a los suyos y los llevaban casi en volandas al final de un primer cuarto en el que acabaron por delante 20-14. En este periodo, nuestro amigo de Sant Boi parecía normal. El que no parecía normal, según mi madre, era yo. “Lo tuyo no es normal, chico”, me dijo, con una medio sonrisa en la boca, mientras me tensaba a cada canasta gala y festejaba las nuestras sentado en una de esas sillas azules de hospital. En el segundo cuarto la emoción seguía in crescendo mientras comentaba a través de WhatsApp el descaro del Chacho, los rebotes de Reyes o lo guarro que era Gobert. A mediados del tercer cuarto, silencié los mensajes, porque no podía estar a dos grupos de WhatsApp y al partido a la vez. Leer los comentarios de la gente me ponía más nervioso que el partido en sí.

“Apaga la luz y ponlo bajito, anda, que me quiero dormir”. Y así lo hice. Le prometí a mi madre que no gritaría mucho con las canastas. “Tampoco con las faltas, que te conozco”. Me reí. Si al final sabe de baloncesto, pensé. Pero sobre todo sabía de su hijo. No hubiera sido la primera vez que le dijera a ella que eso no había sido falta, que la mano ha tocado balón antes que cadera, mientras ella me miraba como diciendo “y a mi qué me dices, es tu movida”.

El partido estaba llegando al final del tercer cuarto cuando toda la habitación estaba ya a oscuras, salvo el destello de la pantalla. Dentro de esa mal llamada caja tonta Gasol estaba ya por los 22 puntos y no sé cuántos rebotes. La narración me llegaba lejana pero el silencio atronador que la habitación, y el hospital en general, tenía a esa hora, hacía que escuchara perfectamente cómo los comentaristas vibraban como muchos de nosotros. Yo me agitaba en la silla, alzaba los brazos, me notaba nervioso. De vez en cuando me giraba hacia la cama y miraba a mi madre, que parecía dormida, ajena al espectáculo. Mientras la miraba pensaba si esto estaba bien. No lo de que ella llevara 6 meses sin salir del hospital, que evidentemente eso no estaba bien, no era justo. Ella ahí, y yo al lado, celebrando las canastas como si todas fueran el gol de Iniesta. Las festejaba en bajito para no molestar.

Dos minutos y medio para el final y Gasol pone un tapón que me hace soltar un “toma” que me salió del alma. Es entonces cuando mi madre me hace gestos con las manos para que reparara en ella. Me acerqué para ver qué quería, qué pasaba. “¿Todavía no se ha acabado?”. No, le dije, quedan dos minutos. Y noté cómo en su rostro se dibujó una irónica sonrisa que me lo dijo todo. “Está muy emocionante, deberías verlo”. Se dio media vuelta y siguió a lo suyo.

El que seguía también a lo suyo era Pau. Ganchito, juego al poste, mate, otro gancho… Prórroga. Infarto. Miré el teléfono y tenía 78 mensajes. Los leí por encima, más bien por limpiar y ponerlos a cero, mientras daba vueltas por la habitación. Repasé todos los partidazos que había visto de la selección, la final de Pekín, el oro de Saitama, la final de Londres… de todos ellos recordaba dónde los había visto. Y este, que sin duda entraba directamente el top 3 de emoción e importancia, lo tenía que ver de esa guisa. En esas circunstancias. Me sentía como un león enjaulado, como un inocente en el calabozo. Joder, por qué yo. Pero joder, porqué mi madre. Esa pequeña frustración me desapareció de súbito al verla. La vida no es justa. Y a veces, sólo podemos aceptarla. Me acerqué a ella y le acaricié el cabello. De repente se giró. No le entendí bien lo que dijo, pero se encargó de hacerse entender. “Que te pierdes la prórroga”.

Y menuda prórroga. No voy a narrar cronológicamente lo que ocurrió porque está en cualquier portal deportivo digital y hay miles de videos en youtube. La venganza se produjo de la manera más cruel para ellos y más sabrosa para nosotros. Los gritos sordos de alegría seguro contrastaban con el alboroto que habría en otros lugares que conocía bien. Pau Gasol metió 40 puntos, cogió 11 rebotes y puso 3 tapones. Pero no fue su mejor partido sólo por los números, fue de la manera que lo hizo, dominando, eligiendo los momentos necesarios, el carácter, el arrojo…todo. Una auténtica exhibición. Y no fue el mejor sólo por todo esto, para mí, fue el mejor partido de Gasol, porque cuando lo recuerdo revivo ese momento completo, tan intenso de mi vida. Con muchas emociones mezclándose, unas tras otras, un carrusel de imágenes pasándome por los ojos. Muchos sentimientos agolpados, tantos como puntos de Gasol a Francia.

El último partido de baloncesto que vi junto a mi madre estará vinculado a los 40 puntos de Gasol a Francia. Y viceversa. Para siempre.