Ni flores, ni bombones

La otra mirada al 8M desde Argentina

Corría el año 1930, y las mujeres aún no veíamos con malos ojos que los anuncios publicitarios en las revistas nos llamaran “esposas”, nos sugirieran utilizar cremas y enjuagues bucales para no perder a nuestros maridos, y nos ubicaran geográficamente en la cocina de nuestros hogares. También nos mataban por esas épocas. Eran “crímenes pasionales”, como si el tipo matase por amor. Pero los periódicos estaban muy ocupados hablando de cosas de machos como para que nuestros rostros muertos se hicieran famosos.

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La vida cambió, las mujeres ganamos protagonismo en la familia y el trabajo, nos hemos vuelto autosuficientes, independientes, poderosas, fuertes. Salimos a la calle en manada cuando tenemos algo que decir, nos plantamos frente a la injusticia, luchamos por nuestro honor y nuestros derechos. Joder, si hasta hemos llegado a presidentas. Y aún así, nos siguen matando.

Con agua, con fuego, con el filo de un cuchillo, con las manos que alguna vez nos acariciaron las curvas. Estamos durmiendo con el enemigo. Algunas aún le planchamos las camisas y le servimos  la comida, como en 1930, a ese hombre que luego nos degollará como a un cerdo. Algunas aún escondemos a nuestros hijos debajo de la cama para que no vean como la mano del padre nos arranca mil cabellos y nos deja ardiendo el cuero. Algunas aún no podemos pintarnos el rostro de púrpura e inundar el asfalto, porque volver al hogar con rastros de protesta significa una nueva batalla campal, que siempre, pero siempre, termina con nuestro ojo del color que no osamos plasmar en nuestras caras.

“Ni una menos”, dicen. “Ni una más”, rezan. Pues yo digo esto: Guadalupe. Úrsula. Ivana. Lorena. Mirna. Florencia. Miriam. Silvana. Silvia. Vanesa. Rosita. Verónica. Graciela. Noelia. Anabella. Yesica. María Belén. Rocío. No, cariño. No son los nombres que me gustaría ponerles a mis hijas contigo. Son algunos de los nombres de las 52 víctimas de femicidio en Argentina en lo que va de 2021. Una cada 29 horas. Mientras tanto, el Ministerio de Mujeres lanza una convocatoria para desarrollar videojuegos con perspectiva de género y diversidad. “¿Cuántos videojuegos conocemos en el que su personaje principal sea una mujer? Y de estos pocos juegos que se nos puedan ocurrir, ¿cuántos de estos personajes no están diseñados con una mirada androcentrista -es decir, que toma como parámetro a los varones-? Queremos que la comunidad se anime a desarrollar contenidos con otra mirada, que deje de hacer foco en un único sector de público jugador y se empiecen a generar contenidos que sean inclusivos y puedan llegar y entretener a toda la población por igual”, fueron las palabras de Pancho Meritello, Secretario de Medios y Comunicación Pública de la Nación, al presentar la iniciativa. Vaya, tío, tú sí que sabes lo que queremos las mujeres. No nos importa tanto morir desangradas, pero joder, que protagonizar un jueguito de PlayStation, eso nos mola.

Según el último reporte de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), publicado el 26 de noviembre pasado, alrededor de 87 mil mujeres fueron asesinadas en 2017. El Observatorio de Igualdad de Género para América Latina y el Caribe de la Comisión Económica de América Latina (Cepal) ha informado que en la región se produjeron 4.640 femicidios durante 2019.

¿Sabes tú por qué es tan difícil tener cifras actualizadas? Porque depende del juez que nos toque en suerte, de la carátula que elija para ilustrar nuestra muerte, de que nuestro caso sea denunciado ante las autoridades realmente, de que nuestro cuerpo sea algún día encontrado. También depende de los Códigos Penales y las legislaciones locales, que no contemplan ciertas muertes como femicidios propiamente dichos. Una mujer que se suicida por el hostigamiento y la violencia sistemática de un hombre, por ejemplo, no se considera víctima de femicidio. Como si el agresor debiera asesinarla con sus propias manos para ser el responsable de su muerte.

Pero, déjame decirte,  la respuesta es aún más simple. Es difícil tener las cifras actualizadas, porque somos muchas. Porque cada vez somos más. Y porque detrás nuestro, de nuestra estadística, hay una madre que nos llora, un hijo que no entiende, una amiga con culpa que piensa qué más podría haber hecho para salvarnos, una hermana que quiere adoptar a nuestros (ahora) niños huérfanos. Es difícil tener la lista al día cuando, mientras escribimos el nombre de la última en morir, ya tenemos otra que anotar. 

Hoy las mareas de mujeres que no se callan más no saldrán a llenar de gritos el mundo. Al menos, no como nos hubiese gustado. La pandemia convierte cualquier océano en un arroyo. Pero que sepas que nosotras, la otra pandemia, este arroyo que somos hoy, será tsunami mañana. Y hoy, ahora, te hablo yo, que aún estoy viva y puedo ser la voz de las que murieron en tus manos. Tú, que ya has asesinado, o has visto cómo nos asesinaban, o has callado al leer un nuevo nombre bañado en sangre: si tocas a una, tocas a todas. Y, ¿sabes qué? Ya me has prendido fuego. Me has dado 113 puñaladas. Me has atropellado con el auto en que alguna vez hemos follado. Me has disparado delante de nuestros críos. Me has pateado las costillas. Has escondido mi cadáver en tu patio trasero. Este es un nuevo 8M, y no hay nada que celebrar. No quiero flores, ni bombones. Sólo deja ya de matarme.