Asistimos, atónitos, al espectáculo de que una famosa por estirpe nos cuente las intimidades sobre su vida familiar, en un programa de máxima audiencia.

Rocío Carrasco no es más que “un caso más” en la larga lista de mujeres sometidas a un tipo de violencia, aún poco estudiada y documentada. Un tipo de violencia que consigue destrozar a estas muchas mujeres psicológica, moral y económicamente en la mayoría de las ocasiones. Y, en algunas otras, incluso matarlas.

Resulta escalofriante cuando una de las víctimas de esta violencia (Rocío Carrasco) te lo cuenta “en directo” por televisión y va sumando los numerosos desprecios, vejaciones y ninguneos a los que fue sometida por aquel que juró que la amaba. Pero el de Rocío es uno más de los miles de casos, demasiados que se dan cada día, por desgracia, y la mayoría no tiene la oportunidad de contarlo por televisión.

Porque esto, al ocurrir dentro de las relaciones más personales e íntimas, y porque la mujer víctima confía plenamente en su agresor, le hace más vulnerable y tarda un tiempo en ser consciente de la realidad. De esta cruda, cruel realidad. No quiere creérselo. No puede creérselo.

Maltratos en el “ámbito privado”

Pero sucede en todos los ámbitos y todos los extractos sociales. Sucede desde antes de que podamos recordarlo en la historia de la Humanidad. Solo que ahora se exponen al censor público y han dejado de ser “justificables” (nunca lo fueron), o pertenecientes a un ámbito privado, donde supuestamente no debe entrar ni el resto de la población ni la Justicia para ser juzgados y censurados: condenados legal y socialmente.

Los abusos y episodios de violencia doméstica son hechos que a nadie deben de dejar indiferente. Ninguno de nosotros debemos de ser ajenos a la multitud de casos cercanos que, a lo largo de nuestras vidas, nos haya tocado contemplar, perpetrados por aquellos que abusan del poder que la realidad o el pensamiento social les han otorgado. Eso sí, casi tod@s hemos mirado “prudentemente” hacia otro sitio, porque “lo que ocurre dentro de casa, en casa se queda y nadie debe intervenir”. Sólo pensar esto es preocupante.

Pero este “pensamiento social” nos acompaña aún en nuestros días, en la medida en que consideramos que no está nada claro si el Derecho debe regir sobre unos ámbitos íntimos, a los que no le hemos autorizado expresamente a entrar. Lo cierto es que comprobamos que los hechos más deleznables y repudiables suelen ocurrir dentro del ámbito familiar. Y levantar este velo, abrir las puertas y mirar hacia adentro nos levanta recelos a todos. Pero debemos hacerlo. Debemos hacerlo, a fin de proteger a los más vulnerables dentro del entorno familiar. A las mujeres y a los niños.

Claro que te creemos, Rocío

Claro que te creemos, Rocío. Exactamente igual que lo creemos a él, en su convencimiento e inconsciencia de repetir patrones tóxicos de una masculinidad tóxica, ancestralmente aprendida. Una falsa masculinidad, ensalzada socialmente y encubierta por el sector de los “machos”, que además ostenta el poder social en todos los ámbitos hasta la actualidad.

Lo cierto es que el daño moral o psicológico, con secuelas devastadoras, ha entrado en escena: acosadores en los colegios, en las redes sociales, en el trabajo o dentro del hogar familiar han dejado de ser los “fuertes” para empezar a ser los “viles”. Esto a todos nos posiciona como “víctimas” o como “verdugos”. Y a nadie le gusta el papel que le adjudican, pues si el papel de villano no es grato, el de víctima lo es aún menos.

Es de agradecer que, al fin, se alcen voces que afirmen que aprovecharse de una situación por ser más fuerte, más astuto (no necesariamente “más inteligente”); tener más poder, menos escrúpulos o, simplemente, ser el que menos quiere, no es una cualidad para ensalzar, sino un defecto de lo más deplorable.

Ejemplos tenemos con el de Don Juan y Doña Inés. La de Rocío Carrasco y Antonio David es la versión moderna, adaptaba a las nuevas moralidades, en donde no sólo le quita la honra, con significado distinto en la actualidad –pues ha dejado de encontrarse entre las piernas de las mujeres, pero se mantiene en su imagen como madre–, sino que también le quita a sus hijos. Por el mismo método y con las mismas técnicas que utilizó y para embaucar a su madre.

La violencia contra la mujer persiste hoy

Como verás, querido José Zorrilla, la violencia contra la mujer continúa en nuestros tiempos, sólo que ahora ya “casi” le hemos dado nombre y comenzamos a legislar, torpemente, sobre ello.

Lesionar a la madre de tus hijos, física o psicológicamente, daña a todo el entorno familiar e incide determinantemente en la salud física y mental de los más vulnerables, los hijos, destruyendo el entorno y dejando secuelas de por vida para todos sus miembros.

Y sí, esto te convierte en villano, no en “macho alfa” y, mucho menos, en “hombre”. Lo contrario solamente es alagado por un entorno social de “machos” y “machistas” (hombres o mujeres) que carece de estructuras familiares estables o saludables.

Hijos maltratadores o víctimas

Los padres son el ejemplo inconsciente de vida para sus hijos. Y las relaciones polarizadas de víctimas y verdugos los convertirán en uno de los dos ejemplos, inevitablemente.

Sólo largas terapias de conocimiento personal y concienciación de patrones repetitivos los harán escapar de ese yugo hereditario que marcará y guiará sus vidas. Actúa, por tanto, en consecuencia, dándole el ejemplo a seguir. Y evita con ello que ellos, a su vez, destrocen sus propias vidas y parejas.

Piensa cómo desearías tú que tu hijo/a resolviese ese conflicto.

Queda mucho por avanzar

¿Algún valiente dispuesto a cambiar los patrones? Nunca es tarde. Nunca. Todo este revuelo de legislar sobre la violencia en los entornos familiares no es más que un nuevo paso del avance de nuestras sociedades. Un paso hacia una mayor justicia igualitaria. Un paso hacia sociedades más pacíficas, que aprendan a resolver sus conflictos sin dañar a los demás. Aunque vivamos la mejor época que ha conocido la Humanidad, aún nos queda mucho, muchísimo por avanzar.